Eco y Narciso (Ovidio, “Metamorfosis”, III, 339-402)

Además de los artículos que publico sobre arqueología, también iré de vez en cuando introduciendo relatos mitológicos griegos, romanos, egipcios, etc, ya en que cierto modo, estas creencias también han influido en la civilización. Comienzo, pues, con un relato de Ovido escrito en su libro “Metamorfosis”: Eco y Narciso. Un joven apuesto que se rindió a su propia belleza.
Aquél, muy famoso en las ciudades aonias, daba respuestas irreprochables a la gente que se las pedía; la primera en comprobar la credibilidad y poner a prueba el oráculo fue la azulada Liríope, a la que en otro tiempo abrazó con su sinuosa corriente el Cefiso y la violó encerrada en sus aguas. La hermosísima ninfa dio a luz de su vientre repleto un niño que también entonces podía ser amado y lo llamó Narciso; consultado sobre si él habría de ver la lejana época de una madura senectud, el profético vate dice: “Si no llega a conocerse.” Durante largo tiempo pareció infundado el vaticinio del augur; el resultado, la realidad, el tipo de muerte y lo novedoso de la locura amorosa lo demuestra.
Efectivamente, el hijo de Cefiso había añadido un año a los quince y podía parecer un niño y un adolescente: muchos jóvenes, muchas doncellas lo desearon; pero (tan cruel orgullo hubo en tan tierna belleza) ningún joven, ninguna doncella lo impresionó. Contempla a éste, que azuza hacia las redes a los asustadizos ciervos, la habladora ninfa, que no aprendió a callar ante el que habla ni a hablar ella misma antes, la resonante Eco.
Hasta ahora, Eco era un cuerpo, no una voz; pero, parlanchina, no tenía otro uso de su boca que el que ahora tiene, el poder repetir de entre muchas las últimas palabras. Esto lo había llevado a cabo Juno, porque, cuando tenía la posibilidad de sorprender a las ninfas que yacían en el monte a menudo bajo su Júpiter, ella, astuta, retenía a la diosa con su larga conversación, hasta que las ninfas pudieran escapar. Cuando la Saturnia se dio cuenta de esto, dijo: “De esa lengua, con la que he sido burlada, se te concederá una mínima facultad y un muy limitado uso de la palabra“, y con la realidad confirma las amenazas; ésta, sin embargo, duplica las voces al final del discurso y devuelve las palabras que ha oído.
Así pues, cuando vio a Narciso, que vagaba por apartados campos, y se enamoró, a escondidas sigue sus pasos […] ¡Oh, cuántas veces quiso acercarse con linsojeras palabras y añadir suaves ruegos! Su naturaleza lo impide y no le permite empezar; pero, cosa que le está permitida, ella está pronta a esperar sonidos a los que puede devolver sus propias palabras.
Por azar el joven, apartado del leal grupo de sus compañeros, había dicho: “¿Alguno está por aquí?”, y “está por aquí” había respondido Eco. Él se queda atónito y, cuando lanza su mirada a todas partes, grita con fuerte voz: “Ven”; ella llama a quien la llama. Se vuelve a mirar y de nuevo, al no venir nadie, dice: “¿Por qué me huyes?”, y tantas veces cuantas las dijo, recibió las palabras. Insiste y, engañado por la reproducción de la voz que le contestaba, dice: “En este lugar juntémonos” y Eco, que nunca habría de responder con más agrado a ningún sonido, repitió: “juntémonos”, y ella misma favorece sus palabras y, saliendo de la selva, iba a arrojar sus brazos al deseado cuello. Huye él y, al huir, aleja las manos del abrazo. “Moriré antes”, dice, “de que te adueñes de mí.” […]
Así éste la había burlado, así antes a otras ninfas nacidas en las aguas o en los montes, así la compañía masculina.

Entonces uno de los despreciados, levantando las manos al cielo, <<así ame él, ojalá; así no consiga al objeto de sus deseos>>, dijo, y asintió la Ramnusia a la justa súplica.
Había una fuente nada cenagosa, de claras y plateadas aguas, que ni los pastores ni las cabras que pastan en el monte habían tocado […].
Aquí vino a tumbarse el zagal, fatigado por la pasión de la caza y el calor […] Apoyado en tierra contempla sus ojos, sus cabellos, dignos de Baco y dignos de Apolo, sus mejillas lampiñas, su cuello de marfil, […] Se desea a si mismo sin saberlo, se elogia, se enciende. […] ¡Cuantas veces sumergió sus brazos para agarrar el cuello que veía en medio de las aguas y no consiguió cogerse en ellas! […]
Quien quiera que seas, muchacho, sal aquí; ¿por qué, sin parar, me eludes? ¿Adónde vas cuando te cortejo? Ni mi porte ni mi edad son como para que me rehúyas, pues hasta las ninfas me han amado. […]
Cuando Eco lo vio, aunque irritada y resentida, se compadeció. […] Sus últimas palabras fueron éstas: ¡Ay, muchacho amado en vano!; y al decir << ¡adiós!>> dijo también Eco.
Extenuado, dejó caer su cabeza sobre la verde hierba; la muerte cerró aquellos ojos que admiraban la belleza de su dueño. […] Las ninfas lo buscaron pero el cuerpo no aparecía; en vez de su cuerpo encuentran una flor amarilla con pétalos blancos alrededor de su cáliz.
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3 respuestas a Eco y Narciso (Ovidio, “Metamorfosis”, III, 339-402)

  1. paula dijo:

    me encanten els ibers xd

  2. Anónimo dijo:

    spanish please!!
    volem apostar per Córdoba!!

  3. Anónimo dijo:

    podrian bien contar toda la historia,para los no entendidos

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