Londres presenta la exposición “El libro de los muertos”.

El Museo Británico dedica su gran exposición de otoño a explorar las creencias de los antiguos egipcios en el más allá a través de su inigualable colección de papiros conocidos como Libro de los Muertos.
Son éstos textos funerarios compuestos por himnos a los dioses y fórmulas mágicas destinadas a ayudar a la persona fallecida a sortear los peligros que la acechan en la otra vida hasta llegar al paraíso, versión idealizada del entorno natural del Nilo.                        El Museo Británico cuenta con una de las mayores colecciones del mundo de Libros de los Muertos en papiro, que por su extraordinaria fragilidad no están expuestos al público, por lo que ahora se presenta una excelente ocasión de verlos juntos.
Dividida en varios capítulos, la exposición, que podrá verse del 4 de noviembre al 6 de marzo próximos, es un recorrido didáctico por las distintas etapas que ha de superar el muerto desde su embalsamiento hasta que, ayudado por esas fórmulas mágicas para vencer los obstáculos que se encuentra por el camino, conquista finalmente la vida eterna.
Los antiguos egipcios creían que la persona la constituían aspectos físicos y espirituales que se separaban en el momento del óbito, pero habían de reunirse de nuevo para alcanzar la eternidad.
El cadáver se preservaba mediante la momificación y el espíritu gracias a la magia.
Una vez conquistada la vida eterna, el espíritu del muerto podía libremente viajar por el cielo, acompañando a Ra, el dios del Sol y creador del mundo, por el inframundo o reino de los muertos, gobernado por Osiris, o visitar a voluntad a los vivos.
En el antiguo Egipcio, el cuerpo del noble muerto era momificado primero, para purificarlo de toda corrupción, y setenta días después era llevado en procesión a la tumba, a cuyas puertas un sacerdote procedía a una ceremonia de apertura de la boca con un instrumento cortante, rito utilizado originalmente para ayudar al recién nacido a respirar y alimentarse.                                 Los parientes visitaban regularmente la tumba para depositar allí alimentos y bebidas y en algunos casos cartas que escribían al muerto solicitando su intercesión ante los dioses.
Los sortilegios de los Libro de los Muertos no se limitan a los manuscritos sino que sus textos se encuentran también, como se documenta en la exposición, en las vendas con las que se envolvían las momias, en los sarcófagos, en las máscaras o en las estatuillas que las acompañaban en la tumba.
El fallecido tenía que poder acceder a esas fórmulas, que constituían una especie de escudo protector, para conjurar peligros y repeler a los enemigos que pudieran aparecer en su recorrido por los montes y cavernas del más allá.
Esos conjuros le daban poderes especiales para ahuyentar a serpientes, cocodrilos y cualquier monstruo a la vez que le permitían adoptar la forma de algún animal ya fuese un reptil o un ave como el halcón.
Al final, en el llamado Día del Juicio, bajo la supervisión de Anubis, el dios con cabeza de chacal considerado protector de los muertos, se pesaba en una balanza el corazón del fallecido para determinar si era digno de la vida eterna.
En un platillo de la balanza se colocaba el corazón y en la otra una imagen de Maat, personificación de la verdad, la justicia y la armonía cósmica, y si aquél pesaba más que ésta, sería devorado por un monstruo con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león y de hipopótamo.
En caso contrario, el muerto podía acceder al paraíso, que en la mitología egipcia -probable antecedente de los Campos Elíseos de la griega- era un cañaveral, al que aquél llegaba en el barco de Ra, el dios del Sol.
Los manuscritos, sarcófagos y otros objetos reunidos en la exposición del Museo Británico permiten seguir todo ese proceso a través de jeroglíficos e ilustraciones que muestran los campos y ríos de ese inframundo, los dioses y demonios que se encuentra el muerto y finalmente la ceremonia del pesaje del corazón y la llegada al paraíso.
Entre los papiros, que cubren un período de más de un milenio y medio -entre 1600 antes de Cristo y 100 de nuestra era- hay algunos realmente excepcionales como el de Nesitanebisheru, la hija de un alto sacerdote, en escritura hierática, que mide 37 metros de largo, o el de Hunefer, uno de los más completos que se conservan.
Fuente de información: El universal, ABC
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