Göbekli Tepe: el nacimiento de la religión

Creíamos que la agricultura había dado origen a las ciudades y, más adelante, a la escritura, el arte y la religión. Ahora, el templo más antiguo del mundo sugiere que la conciencia de lo sagrado pudo encender la chispa de la civilización.

Cada cierto tiempo, en lo alto de una colina remota del sur de turquía, se escenifica el despertar de la civilización.

Los actores son legiones de turistas, por lo general turcos, a veces europeos, llegados en autocares blancos con aire acondicionado y televisión, que suben dando tumbos por el firme irregular de la sinuosa carretera y aparcan ante el portal de piedra como acorazados en un puerto. Los visitantes se apean, con sus botellines de agua y sus reproductores de música, y los guías les gritan instrucciones y explicaciones. Sin prestarles atención, los turistas suben la cuesta. Cuando llegan a la cima, se quedan mudos de asombro.

Tienen ante sí decenas de enormes columnas de piedra dispuestas en una serie de círculos, apiladas unas encima de otras. El lugar, llamado Göbekli Tepe, recuerda vagamente Stonehenge, pero es mucho más antiguo y no está hecho de toscos bloques sino de pilares de piedra caliza finamente tallados y adornados con bajorrelieves de animales: un desfile de gacelas, serpientes, zorros, escorpiones y feroces jabalíes. El conjunto fue construido hace unos 11.600 años, siete milenios antes que la Gran Pirámide de Keops, y contiene el templo más antiguo conocido hasta ahora. De hecho, Göbekli Tepe es el ejemplo más antiguo conocido de arquitectura monumental, la primera estructura levantada por el ser humano con una envergadura y complejidad mayores que las de una choza. Hasta donde alcanzan nuestros conocimientos, cuando se erigieron esas columnas no había en el mundo ninguna otra construcción de tamaño comparable.

Cuando se edificó Göbekli Tepe, gran parte de la humanidad estaba organizada en pequeñas bandas nómadas que vivían de la recolección de plantas y de la caza de animales salvajes. Para construir el templo, probablemente fue necesario reunir en un solo lugar más personas de las que jamás se habían reunido hasta entonces. Asombrosamente, los constructores lograron extraer, tallar y transportar piedras de 16 toneladas a lo largo de cientos de metros, aunque no conocían la rueda ni disponían de animales de carga. Los peregrinos que acudían a Göbekli Tepe vivían en un mundo sin escritura, ni metales ni cerámica. A aquellos que se acercaron al templo subiendo la pendiente, los pilares debieron de parecerles gigantes petrificados, cubiertos de animales esculpidos que temblaban a la luz de las llamas, emisarios de un mundo espiritual que la mente humana apenas comenzaba a vislumbrar.

Los arqueólogos todavía están excavando en Göbekli Tepe y aún no se han puesto de acuerdo respecto a su significado. Pero lo que sí saben es que el yacimiento es el más notable de una serie de hallazgos inesperados que han cuestionado anteriores ideas sobre el pasado remoto de nuestra especie. Hace apenas 20 años la mayoría de los investigadores creía conocer el momento, el lugar y la secuencia aproximada de la revolución neolítica, la crucial transición que condujo al nacimiento de la agricultura, determinante para que Homo sapiens dejara atrás los grupos dispersos de cazadores-recolectores para empezar a formar poblados agrícolas y, a partir de ahí, sociedades tecnológicamente avanzadas con grandes templos, torres, reyes y sacerdotes que regían el trabajo de sus súbditos y registraban sus hazañas por escrito. Pero en los últimos años, nuevos descubrimientos, entre los que destaca Göbekli Tepe, han obligado a los arqueólogos a replantearse sus puntos de vista.

Al principio, la revolución neolítica se consideraba como un suceso único ocurrido en un único lugar, Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates (en lo que hoy es el sur de Iraq), que más tarde se extendió a la India, Europa y el resto del mundo. La mayoría de los arqueólogos creía que ese florecimiento súbito de la civilización había sido propiciado en gran medida por cambios climáticos: un calentamiento gradual al final de la última glaciación que permitió a algunos pueblos iniciar el cultivo de plantas y el pastoreo de animales. La reciente investigación sugiere que, en realidad, la «revolución» fue obra de muchas manos que actuaron en un área muy extensa y a lo largo de miles de años. Además, es posible que su motor no fuera el medio ambiente sino algo completamente diferente.

Tras un momento de silencio, los atónitos tu­­ristas que llegan al yacimiento se ponen a hacer fotos con sus cámaras y teléfonos móviles. Hace once milenios, nadie disponía de equipos digitales para captar imágenes, por supuesto, pero las cosas han cambiado menos de lo que uno podría suponer. La mayoría de los grandes centros religiosos del mundo, los del pasado y los que existen en la actualidad, son la meta de los peregrinos. Basta pensar en el Vaticano, La Meca, Jerusalén, o Bodh Gaya (donde Buda accedió a la iluminación). Son lugares monumentales para viajeros espirituales, que recorren a menudo grandes distancias para conmoverse y admirarse ante su grandeza. Göbekli Tepe es quizás el primero de todos esos lugares de peregrinaje. Lo que sugiere, al menos a los arqueólogos que trabajan allí, es que el sentido humano de lo sagrado, y quizá también el gusto del ser humano por la escenificación, pueden haber sido el motor de la civilización.

Klaus Schmidt (foto a la izquierda) supo casi de inmediato que iba a dedicarle muchas horas de trabajo a Göbekli Tepe. Actualmente investigador del Instituto Arqueológico Alemán (DAI), Schmidt había pasado el otoño de 1994 recorriendo el sudeste de Turquía. Tras varios años de trabajo en un yacimiento, estaba buscando otro lugar donde excavar. La ciudad más grande de la zona es Şanlıurfa. Comparada con jóvenes ciudades co­­mo Londres, Şanlıurfa es increíblemente antigua; de hecho, es el lugar donde se cree que nació el profeta Abraham. Schmidt había ido a la ciudad para localizar un yacimiento que le per­mitiera comprender mejor el neolítico, un lugar a cuyo lado incluso Şanlıurfa pareciera una adolescente. El paisaje se ondula al norte de Şanlıurfa para formar las primeras estribaciones de las montañas que atraviesan el sur de Turquía, donde nacen los ríos Tigris y Éufrates. A 14 kilómetros de la ciudad se yergue una cresta alargada, de cima redondeada, que los lugareños llaman Göbekli Tepe, es decir, «monte panzudo».

En la década de 1960, arqueólogos de la Universidad de Chicago estudiaron la región y llegaron a la conclusión de que Göbekli Tepe no tenía interés. Observaron signos evidentes de intervención humana en la cima del monte, pero los atribuyeron a la existencia de un puesto militar fronterizo de la época bizantina. Hallaron fragmentos dispersos de piedra caliza, que interpretaron como lápidas. Schmidt había leído la breve descripción que los investigadores de Chicago habían hecho del yacimiento y decidió ir a verlo con sus propios ojos. Sobre el terreno vio astillas de pedernal, grandes cantidades de ellas. A los pocos minutos de llegar, recuerda el propio Schmidt, se dio cuenta de que estaba en un lugar donde habían trabajado decenas o incluso centenares de personas varios milenios atrás. Las losas de piedra caliza no eran tumbas bizantinas sino algo mucho más antiguo. Al año siguiente empezó a trabajar en colaboración con el DAI y el Museo de Şanlıurfa.

Unos centímetros por debajo de la superficie el equipo encontró una piedra cuidadosamente esculpida. A ésta le siguió otra, y otra más, hasta sacar a la luz un círculo de pilares en pie. A lo largo de los meses y los años, el equipo de Schmidt, compuesto por estudiantes de posgrado alemanes y turcos, y más de medio centenar de habitantes de la zona, encontró un segundo círculo de piedras, después un tercero y a continuación varios más. En 2003 unas prospecciones geomagnéticas revelaron la existencia de al menos 20 círculos distribuidos desordenadamente bajo tierra, los bloques de piedra apilados unos encima de otros. Los pilares eran de gran tamaño (los más altos medían 5,4 metros de altura y pesaban unas 16 toneladas) y presentaban en la superficie toda una galería de bajorrelieves de animales en diferentes estilos, algunos toscos y otros, los menos, mucho más refinados y con un claro carácter simbólico. Otras partes de la colina estaban sembradas de antiguos utensilios tallados en pedernal, la mayor colección que Schmidt había visto en su vida: un auténtico almacén de cuchillos, azuelas y puntas de proyectil del neolítico. La piedra tuvo que ser transportada desde los valles próximos. «Había más piezas de pedernal aquí, en un área de uno o dos metros cuadrados –dice Schmidt–, que las que encuentran muchos arqueólogos en yacimientos enteros».

Los círculos presentan un diseño común. Todos están hechos de pilares de caliza en forma de una enorme letra T mayúscula. Parecen cuchillos, miden cinco veces más de ancho que de fondo y se yerguen a un brazo de distancia unos de otros, interconectados por unos muros bajos de piedra. En el centro de cada círculo hay dos pilares más altos, cuyas bases aguzaron los constructores para poder hincarlos en unas ranuras poco profundas abiertas en el suelo. Le pregunté al arquitecto e ingeniero civil alemán Eduard Knoll, colaborador de Schmidt en los trabajos de conservación del yacimiento, si el sistema de anclaje de aquellos pilares centrales estaba bien diseñado. Me respondió que no. «Todavía no dominaban la ingeniería». Knoll piensa que quizá las columnas estuvieran apuntaladas, tal vez con postes de madera.

Según Schmidt, los pilares en forma de T son figuras humanas estilizadas, como parecen confirmar los brazos esculpidos que parten de los «hombros» de algunos de ellos, con las manos dirigidas hacia el vientre cubierto con taparrabos. Todos miran al centro del círculo, «como en una reunión o una danza», dice Schmidt, en representación quizá de algún ritual religioso. En cuanto a las figuras animales que corren y brincan en las piedras, señala que se trata en su mayoría de bestias peligrosas: escorpiones venenosos, jabalíes en pleno ataque o leones feroces. Las figuras humanas representadas por los pilares podrían estar protegidas por esos animales, a los que pudieron atribuir un carácter totémico.

Los enigmas se acumulaban a medida que avanzaba la excavación. Por razones aún desconocidas, parece ser que los círculos de Göbekli Tepe perdían su poder, o al menos sus cualidades mágicas, al cabo de cierto tiempo. Tras unas cuantas décadas, la gente del lugar enterraba las columnas y levantaba otras nuevas, que formaban un círculo más pequeño dentro del anterior. A veces construían un tercer anillo de piedras pasado un tiempo. Después los constructores rellenaban toda la estructura con escombros y levantaban un nuevo círculo en las proximidades del anterior. Es posible que este proceso se haya repetido muchas veces a lo largo de siglos.

Sorprendentemente, las técnicas de construcción empleadas en Göbekli Tepe fueron empeorando. Los primeros círculos son los más grandes y los de mayor complejidad técnica y artística. Con el paso del tiempo los pilares fueron haciéndose cada vez más pequeños y sencillos, y an­­clándose al suelo con menos habilidad. Parece ser que finalmente la actividad cesó por completo hacia el año 8200 a.C. Göbekli Tepe se desmoronó y no volvió a levantarse.

Tan importante es lo que han hallado los in­­vestigadores como lo que no han hallado: ningún indicio de asentamiento. Seguramente fueron necesarios cientos de personas para tallar y le­­vantar los pilares, pero no había agua en el lugar. La corriente más cercana estaba a unos cinco kilómetros de distancia. Los trabajadores debieron de necesitar un sitio donde vivir, pero las excavaciones no han sacado a la luz la menor señal de muros, hogueras o casas, ni ningún tipo de estructura que Schmidt haya interpretado como doméstica. También tuvieron que comer, pero no hay indicios de agricultura. Schmidt tampoco ha encontrado restos de cocinas, ni de fuegos donde se cocinara. Era un centro puramente ceremonial. Si alguna vez vivió alguien en ese lugar, debió de tratarse del personal del templo. A juzgar por los miles de huesos de gacelas y uros que se han hallado, los trabajadores debieron de alimentarse de remesas de carne de caza, enviadas con regularidad desde lugares distantes. Para canalizar con éxito todo ese complejo esfuerzo, debieron de ser necesarios organizadores y supervisores, pero hasta ahora no se han observado indicios de una jerarquía social: no se han descubierto zonas reservadas a los más ricos, ni tumbas llenas de ajuares funerarios propios de una élite, ni rastros de que la dieta de algunos fuera mejor que la de otros.

«Eran forrajeadores –dice Schmidt, refiriéndose a gente que recogía plantas y cazaba animales salvajes–. Nuestra imagen de los pueblos forrajeadores siempre ha sido de grupos pequeños y móviles, formados por algunas decenas de individuos. Creíamos que no podían construir grandes estructuras permanentes, porque tenían que desplazarse constantemente en pos de sus recursos. Pensábamos que no podían mantener castas separadas de sacerdotes y artesanos, porque no les era posible transportar los suministros adicionales necesarios para unos y otros. Pero aquí tenemos Göbekli Tepe, donde sí lo hicieron.»

Descubrir que unos cazadores-recolectores habían construido Göbekli Tepe fue como saber que alguien había fabricado un Boeing 747 con una navaja suiza. Paradójicamente, Göbekli Tepe se presenta a la vez como un heraldo del mundo civilizado que estaba por venir y el último símbolo de un pasado nómada a punto de desaparecer. La proeza fue asombrosa, pero es difícil comprender cómo la llevaron a cabo o lo que significaba. «Dentro de unos 10 o 15 años –afirma Schmidt–, Göbekli Tepe será más famoso que Stonehenge. Y con razón».

Sobre Göbekli Tepe planea el espíritu de V. Gordon Childe (foto a la izquierda). Australiano afincado en Gran Bretaña, Childe era un hombre expansivo y apasionado, un marxista convencido que solía vestir pantalones de golf y pajarita. También fue uno de los arqueólogos más influyentes del siglo pasado. Gracias a su gran capacidad de síntesis, interrelacionaba los datos inconexos de sus co­legas proponiendo nuevos métodos de interpretación de la prehistoria basados en el materialismo histórico. También propuso nuevos conceptos, el más famoso de ellos, acuñado en la década de 1920, el de «revolución neolítica». Bajo su punto de vista, la revolución neolítica fue un acontecimiento de vital importancia: «el más grande en la historia de la humanidad, después del dominio del fuego».

Hoy, el pensamiento de Gordon Childe podría resumirse más o menos así: Homo sapiens apareció en escena hace alrededor de 200.000 años. Durante los milenios que siguieron hubo, por lo general, muy pocos cambios y la especie siguió organizada en pequeños grupos de forrajeadores nómadas. Entonces tuvo lugar la revolución neolítica, que según Childe supuso «un cambio radical, cargado de consecuencias revolucionarias para el conjunto de la especie». En un súbito destello de inspiración, parte de la humanidad dejó atrás el forrajeo y adoptó la agricultura. Este hecho, en opinión de Childe, trajo consigo nuevas transformaciones. Para cuidar los campos, nuestros ancestros tuvieron que dejar de desplazarse y se asentaron en poblados permanentes, donde desarrollaron nuevos utensilios e inventaron la cerámica.

De todos los aspectos de la revolución, la agricultura fue el más importante. Durante miles de años, hombres y mujeres provistos de útiles de piedra habían recorrido los campos en busca de espigas de gramíneas silvestres, que cortaban y se llevaban a casa. Aunque es posible que aquellos grupos cuidaran y protegieran los campos donde crecían esas espigas, las plantas seguían siendo silvestres. El trigo y la cebada silvestres, a diferencia de las variedades domésticas, producen semillas que caen de la planta en cuanto están maduras, lo que hace casi imposible la recolección del grano en su grado óptimo de maduración. Desde el punto de vista genético, la verdadera agricultura de los cereales comenzó sólo cuando el hombre empezó a plantar extensas áreas nuevas con variedades mutadas, que no dispersaban las semillas maduras. Así aparecieron campos de trigo y de cebada domésticos que, por decirlo de algún modo, «esperaban» a que los agricultores cosecharan el grano.

En lugar de recorrer el entorno en busca de alimento, nuestros antepasados ya podían producir todo lo que necesitaban donde les hacía falta, lo que les permitió vivir juntos en grupos más grandes. La población aumentó. «Sólo después de la revolución, pero de forma inmediata –escribió Childe–, nuestra especie empezó a multiplicarse con verdadera rapidez.» En esas sociedades repentinamente más numerosas, era más fácil intercambiar ideas, y las innovaciones tecnológicas y sociales empezaron a sucederse a ritmo acelerado. Florecieron la religión y el arte, signos distintivos de la civilización.

Childe, como la mayoría de los investigadores actuales, creía que la revolución se produjo por primera vez en el Creciente Fértil, el arco de territorio que se curva hacia el nordeste, desde Gaza hasta el sur de Turquía, y sigue hacia el sudeste, hasta el actual Iraq. Delimitado al sur por el desierto de Siria y al norte por las montañas de Turquía, es una franja de clima templado entre ambientes inhóspitos. Su extremo meridional es la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, en el sur de Iraq, el lugar donde floreció el reino de Sumer, hacia 4000 a.C. En la época de Childe, la mayoría de los investigadores consideraba que Sumer representaba el inicio de la civilización. El arqueólogo Samuel Noah Kramer recogió esa argumentación en la década de 1950 en su obra La historia empieza en Sumer. Pero incluso antes de que acabara el libro, la hipótesis ya estaba siendo cuestionada por nuevos hallazgos en el otro extremo del Creciente Fértil, el occidental. Allí, en el Levante mediterráneo (área que hoy abarca Israel, los territorios palestinos, Líbano, Jordania y el oeste de Siria), los arqueólogos habían descubierto asentamientos que se remontaban al año 13000 a.C. Aquellos poblados o aldeas, conocidas como natufienses (así llamadas por el lugar donde fue hallada la primera), se extendieron por todo el Levante hacia el final de la última glaciación, durante un período en que el clima de la región se volvió relativamente cálido y húmedo.

El descubrimiento de la cultura natufiense fue la primera objeción a la revolución neolítica de Childe. Para el arqueólogo, la agricultura había sido la chispa que permitió los asentamientos permanentes y prendió la llama de la civilización. Sin embargo, aunque los natufienses vivían en aldeas estables de varios centenares de personas, eran forrajeadores, no agricultores, ya que cazaban gacelas y recolectaban centeno, cebada y trigo silvestres. «Era un indicio importante de que debíamos revisar nuestras ideas», dice Ofer Bar-Yosef (foto a la izquierda) arqueólogo de Harvard.

Las aldeas natufienses entraron en una época difícil hacia el año 10800 a.C., cuando las temperaturas de la región sufrieron un brusco descenso de unos 7 °C: una miniglaciación que duró 1.200 años y creó unas condiciones mucho más áridas en todo el Creciente Fértil. Con la disminución del hábitat de los animales y la reducción de los campos de cereales, varias aldeas resul­taron de pronto demasiado pobladas para los recursos alimentarios locales. Muchos de sus habitantes volvieron al forrajeo nómada.

Algunos asentamientos trataron de adaptarse a un entorno más árido. Abu Hureyra, en el actual norte de Siria, intentó al parecer cultivar centeno, tal vez replantando los granos recolectados. En 2000, tras examinar granos de centeno del yacimiento, Gordon Hillman, del University College de Londres, y Andrew Moore, del Instituto Tecnológico de Rochester, concluyeron que algunos eran más grandes que sus equivalentes silvestres, lo que podría ser un indicio de domesticación, ya que el cultivo mejora las cualidades del grano, como el tamaño del fruto y de las semillas. Bar-Yosef y otros investigadores se convencieron de que lugares cercanos, como Mureybet o Tell Qaramel, también tuvieron sociedades agrícolas.

Si estos arqueólogos están en lo cierto, aquellas protociudades ofrecen una nueva explicación para el inicio de las sociedades humanas complejas. Childe creía que primero fue la agricultura, considerada como la innovación que permitió al hombre aprovechar la oportunidad de un entorno nuevo y rico para extender su dominio sobre la naturaleza. Los yacimientos natufienses del Levante mediterráneo, en cambio, sugieren que lo primero fueron los asentamientos y que la agricultura llegó más tarde, como fruto de una crisis. Ante un clima cada vez más frío y seco, y una población en aumento, los habitantes de las pocas áreas fértiles que quedaban pensaron, según Bar-Yosef: «Si nos movemos, vendrán otros a aprovechar nuestros recursos. Lo mejor para sobrevivir es quedarnos donde estamos y explotar nuestro territorio». Entonces surgió la agricultura.

La idea de que la revolución neolítica fue im­­pulsada por el cambio climático tuvo mucho eco durante la década de 1990, una época en que aumentaba la preocupación por los efectos del actual calentamiento planetario. Pero los críticos adujeron que los indicios no eran concluyentes, entre otras cosas porque Abu Hureyra, Mureybet y otros muchos yacimientos del norte de Siria habían sido inundados por la construcción de presas antes de que pudieran excavarse a fondo. «Teníamos toda una teoría sobre el origen de la cultura humana basada, a grandes rasgos, en apenas media docena de semillas inusualmente grandes –comenta George Willcox, especialista en cereales antiguos del Centro Nacional de Investigación Científica, de Francia–. ¿No es más probable que los granos se hincharan al quemarse o que alguien en Abu Hureyra hallara un tipo de centeno silvestre poco corriente?»

Mientras el debate sobre los natufienses se intensificaba, Schmidt trabajaba a fondo en Gö­­bekli Tepe. Y lo que encontró obliga una vez más a los investigadores a replantearse sus ideas.

Los antropólogos han presupuesto que la religión organizada surgió como un medio para aliviar las tensiones que inevitablemente tuvieron que aparecer cuando los cazadores-recolectores se establecieron como agricultores y formaron grandes sociedades. En comparación con una banda nómada, el poblado tenía objetivos más complejos y a más largo plazo, por ejemplo, almacenar grano y mantener viviendas permanentes. Para cumplir sus objetivos, era conveniente que los miembros del poblado estuvieran involucrados en los fines colectivos. Aunque las prácticas religiosas primitivas (dar sepultura a los muertos, ejecutar pinturas rupestres y tallar estatuillas) habían surgido decenas de miles de años antes, la religión organizada sólo comenzó, según este punto de vista, cuando fue necesaria una visión común del orden celestial, una idea compartida por todos que cohesionara esos nuevos grupos más grandes y diversificados. También es posible que la religión ayudara a justificar la jerarquía social establecida en una sociedad más compleja. Los que ascendían al poder se presentaban a sí mismos como poseedores de una vinculación especial con los dioses. Las comunidades de fieles, unidos por una visión común del mundo y del lugar que ocupaban en él, tenían una mayor cohesión que un simple grupo de individuos propenso a las disputas.

En opinión de Schmidt, Göbekli Tepe representa una inversión de ese panorama. La construcción de un templo enorme por parte de un grupo de forrajeadores indica que la religión organizada pudo haber surgido antes que la agricultura y otros aspectos de la civilización, y sugiere que el impulso humano de congregarse para la práctica de rituales sagrados apareció cuando el ser humano dejó de verse como parte del mundo natural y empezó a tratar de dominarlo. Cuando los forrajeadores comenzaron a asentarse en poblados, trazaron una línea divisoria entre el ámbito humano (un grupo fijo de viviendas con cientos de habitantes) y el peligroso mundo poblado de bestias feroces que había más allá de sus hogares.

Para el arqueólogo francés Jacques Cauvin, ese cambio en la conciencia fue una «revolución de los símbolos», una transformación conceptual que permitió a la humanidad imaginar que existían dioses en un plano diferente del mundo físico. Para Schmidt, Göbekli Tepe confirma la teoría de Cauvin: «Los animales eran guardianes del mundo espiritual. Los relieves de los pilares en forma de T ilustran ese otro mundo».

Schmidt piensa que los forrajeadores que vi­­vían en un radio de menos de 160 kilómetros de Göbekli Tepe pudieron erigir el templo como lugar sagrado, donde se reunían y al que tal vez llevaban ofrendas y tributos para los sacerdotes y los artesanos. Debió de ser necesario establecer algún tipo de organización social, no sólo para construirlo sino también para manejar a las multitudes que atraía. Observándolo, es fácil imaginar cánticos y tambores, y a los animales de las columnas moviéndose a la luz temblorosa de las antorchas. Seguramente había festines. Schmidt ha encontrado piletas de piedra que quizá se usaron para la cerveza. El templo era un centro espiritual, un escenario para el rito.
Schmidt cree que, con el tiempo, la necesidad de conseguir suficiente alimento para quienes trabajaban en Göbekli Tepe y los que allí se reu­nían para celebrar ceremonias religiosas pudo conducir al cultivo intensivo de cereales silvestres y a la creación de algunas de las primeras variedades domésticas. De hecho, los científicos creen que uno de los centros donde surgió la agricultura fue el sur de Turquía, a una distancia que es posible cubrir a pie desde Göbekli Tepe, exactamente hacia la época en que el templo alcanzó su máximo esplendor. Actualmente, los antepasados silvestres más directos del trigo es­­caña cultivado se encuentran en las laderas del monte Karaca Da, a sólo 96 kilómetros al nordeste de Göbekli Tepe. En otras palabras, la adopción de la agricultura pudo ser el resultado de una necesidad profunda de la psique humana, un apetito que aún hoy impulsa a las personas a recorrer el mundo en una búsqueda espiritual.

Algunos de los primeros indicios de domesticación de plantas se sitúan en Nevalı Çori, un asentamiento en las montañas a apenas 30 kilómetros de Göbekli Tepe. Como éste, también surgió después de la miniglaciación, una época conocida por los arqueólogos como neolítico precerámico. La reciente construcción de una presa que proporciona agua de regadío y electricidad a la región ha inundado el yacimiento. Pero antes de que el agua impidiera la investigación, los arqueólogos hallaron en Nevalı Çori pilares en forma de T con imágenes de animales muy parecidas a las que más adelante Schmidt descubriría en Göbekli Tepe. Se han encontrado columnas e imágenes similares en yacimientos del neolítico precerámico a una distancia de hasta 160 kilómetros de Göbekli Tepe. Según Schmidt, las imágenes de esos yacimientos son la prueba de una religión común que se practicaba en torno a Göbekli Tepe y que fue quizá la primera confesión religiosa verdaderamente grande del mundo.

Naturalmente, algunos de sus colegas discrepan de sus ideas. La falta de indicios de viviendas, por ejemplo, no demuestra que no viviera nadie en Göbekli Tepe. Por otra parte, los arqueólogos que estudian los orígenes de la civilización en el Creciente Fértil miran cada vez con más recelo los intentos de hallar un solo factor desencadenante aplicable a la totalidad de los casos. En un lugar determinado, ese factor pudo ser la agricultura; en otro, el arte y la religión, y en otro, la presión demográfica o la organización social y la jerarquía. Al final todos llegaron al mismo punto. Quizá no hubo un único camino hacia la civilización, sino varios, que condujeron al mismo destino por diferentes rutas.

Este verano Schmidt cumplirá su decimo­séptimo año en el yacimiento. Los anales de la ar­queología están llenos de científicos que por actuar con precipitación dieron al traste con hallazgos importantes e hicieron que algunos conocimientos se perdieran para siempre. Schmidt está decidido a no añadir su nombre a la lista. Hoy se excava menos de la décima parte de un yacimiento que ocupa nueve hectáreas.

Schmidt cree que futuras investigaciones en Göbekli Tepe podrían cambiar sus actuales ideas acerca del yacimiento. Ni siquiera su antigüedad se conoce con certeza; Schmidt no está seguro de haber alcanzado el estrato más profundo. «Por cada enigma que resolvemos, aparecen misterios nuevos», afirma. Aun así, ha sacado algunas conclusiones. «Hace 20 años todos creían que la civilización había sido impulsada por causas de tipo ecológico –declara–. Creo que ahora estamos vislumbrando que la civilización es un producto de la mente humana.»

Fuente de información: National Geographic| Terrae Antiqvae

Esta entrada fue publicada en Actualidad, Arqueologia, Prehistòria y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s