Nueve metros de estratos subterráneos de prehistoria catalana en la Cova Gran

La Cova Gran es grande pero no cueva. Es una visera de roca de unos veinticinco metros de altura, con unos treinta de boca, que protege de lluvia e inclemencias unos 2.800 metros cuadrados de superficie. Está cerca del pueblito de Santa Linya y sus habitantes la han utilizado ancestralmente en tradiciones como el Enterrament de la sardina.

Pero lo que entierra la Cova Gran es una inédita secuencia de 50.000 años, descubierta en 2002, que se excava desde 2004 y que está perfilando el relato prehistórico del sur del Pirineo. Perfilando y contradiciendo, porque la excavación que dirige el arqueólogo y catedrático de Prehistoria de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) Rafael Mora está revelando no sólo que la Catalunya central no es un gran vacío paleolítico, como se ha intuido hasta ahora, sino que en yacimientos como este se puede establecer una sucesión cultural de toda la Prehistoria local.

Rafael Mora visitó por primera vez la Cova Gran de la mano de dos vecinos de Camarasa, Jaume Feliu y Josep Vendrell, que sospechaban que podía albergar algún vestigio histórico al estilo de la Cova del Parco, en Os de Balaguer, investigada desde los 80. Después de la belleza del paisaje, lo primero que del enclave llamó la atención al arqueólogo Mora fue un grupúsculo de rocas, en un extremo, que a cualquier mortal le habrían parecido como mucho desprendimientos de la pared de calcárea; alguien más avezado habría intuido que eran restos depositados por el arroyo que discurre a lo largo de la boca de la Cova, y que en épocas de lluvia puede llevar un caudal considerable. Pero el arqueólogo Mora vio en ellas círculos y alineaciones y sospechó. Sospechó que podía tratarse de una necrópolis. En un primer trabajo de cata, registró alrededor de las rocas y no halló nada, pero eso no le desanimó: si algún día hubo restos pudo llevárselos el arroyo, porque las rocas estaban en su margen de crecida. En el fondo del abrigo, en el punto más cercano a la tripa de la montaña, empezaron a aparecer indicios de que en el subsuelo de la Cova Gran había algo más que raspas de sardina.

Los primeros análisis que se hicieron con georradar revelaron nueve metros subterráneos de estratos. Tras siete años de campañas, se ha excavado en distintos puntos del lugar y en uno de ellos conviven… 32 estructuras de distintas épocas, una sobre otra.

Cuando La Vanguardia visita el yacimiento, a finales de julio, un equipo de 40 arqueólogos trabaja en el lugar. Ataviados con camisetas verdes (en cuyo torso un código QR remite a la web del yacimiento), algunos de ellos están apenas a un par de metros bajo tierra, diseccionando el pasado gramo a gramo. Como un corte de helado –turrón, cacao, avellana…–, el color de cada capa de tierra es una cultura entera, quizás un siglo de ocupación.

“Creemos que en este abrigo no hubo ocupaciones estables sino temporales, aunque en periodos de 20.000 años hablar de un siglo es hablar de un segundo”, explica Mora, cuya camiseta ha perdido las mangas. Una de las singularidades del yacimiento es que, debido a las características de la piedra y a los efectos del clima, cada franja del helado quedó esterilizada, aislada de las que le cayeron encima. “Y eso proporciona muchísima resolución a nivel arqueológico o interpretativo”, explica el arqueólogo y experto en fauna de la UAB Jorge Martínez-Moreno. De cada franja se ha analizado la industria lítica, la fauna, los restos de los hogares… y cada época ofrece rasgos y costumbres diferenciados.

Hay restos de cabras, ciervo, conejo, caballo, burro silvestre (extinguido hace 10.000 años), buey salvaje o rinoceronte, habitual en la zona hasta hace unos 30.000 o 40.000 años. Han aparecido miles de restos de piedra trabajada (o los deshechos de su preparación), lo que parece un almacén de sílex, agujas de coser y puntas de jabalina de hueso, alguna de ellas con una cabeza de ciervo dibujada con incisiones en zig-zag… Han aparecido también pequeños gasterópodos marinos, que se colgaban de la ropa o el cuello, y el tamaño es aquí lo singular, porque para que se vieran debían ponerse muchos de ellos. Y eso que la especie detectada produce ejemplares tres veces más grandes. La elección de los pequeños, juntándolos, sugiere un nivel superior de sofisticación cultural. “Queremos hacer la reconstrucción del lugar para saber cómo vivían, más allá de hacer la cronología. Hay misiones que buscan el fondo del yacimiento para conocer la fecha mas antigua”, añade Xavi Roda, arqueólogo experto en la industria lítica.

Otra de las maravillas del sitio es que fue ocupado desde la época neandertal (con el Homo neanderthalensis) y que esta especie convivió con el hombre paleolítico (ya es Homo sapiens anatómicamente moderno) y, remarca Mora, “sin mezclarse y sin transmisión cultural”; sobre esta convivencia hay gran controversia antropológica, porque los hallazgos de la Cueva Antón, en Murcia, sostienen lo contrario, que entre ambas especies sí hubo intercambios importantes. “Son especies distintas y lo lógico es que se separen entre ellas, porque están compitiendo por un mismo ecosistema”, pondera Mora. “Disiento de que haya transición entre neandertal y paleolítico, porque hay estratos estériles entre ellos, no hay mezcla de industrias sino al contrario, no hay transmisión simbólica. Trabajan la piedra de forma diferente”.

“Hay unos cinco yacimientos así en Europa, pero excavados a pico y pala hace cincuenta años”, remarca el director de los trabajos. En el sur de Francia, los antiguos asentamientos paleolíticos se conocen desde fines del XIX. En el pre-Pirineo han empezado a descubrirse en los últimos 20 o 30 años, con lo que la tecnología permite descubrir muchas más cosas. “Aquí o no hubo tanta ocupación o no hemos investigado tanto y hay cosas por descubrir”, apunta Mora. ¿Un Altamira?

El equipo de la UAB quiere que los descubrimientos reviertan en la economía local. Por ello, el yacimiento ya es visitable –forma parte de circuitos escolares– y se ha habilitado un aparcamiento. Además de continuar con la excavación, el siguiente paso es digerir toda esta información y adaptarla a sistemas como el ipad, además de construir –ya existe el proyecto de obra– un centro de interpretación. En el futuro, se instalarán pasarelas sobre la zona de trabajos arqueológicos, que se irán mostrando tal como estén, y se irá adaptando el discurso al avance de las investigaciones.

Fuente de información: La Vanguardia

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