Salvar la pirámide escalonada de Zoser, la que inspiró a todas las demás

Unos 30 kilómetros al sur de El Cairo, la megalópolis que nunca duerme, en el Bajo Egipto, un resquicio de paz lleva más de cuatro milenios abrasándose al sol.

Al amanecer, una suave brisa recorre la necrópolis de Saqqara dando tregua al viajero que se acerca a contemplar el que quizá sea el monumento más importante en la historia del reino del Nilo: la pirámide de Zoser. Junto a ella, rodeado de un enjambre de hombres que requieren su atención, el doctor Zahi Hawass, arqueólogo y secretario general del Consejo Superior de Antigüedades egipcio, camina con el sombrero calado supervisando el ir y venir de obreros.

La pirámide escalonada, como se la conoce por su silueta, fue construida por Imhotep, el sumo sacerdote de Heliópolis, entre el 2668 y el 2649 antes de Cristo, para el descanso eterno del faraón que inauguró la III dinastía, Zoser-Netjerkhet. Tras más de 46 siglos sufriendo el azote del desierto y varias restauraciones fallidas, sus seis escalones empezaban a parecer en los últimos tiempos una amalgama de piedra y arena. Por eso, hace más de dos años, un equipo de arqueólogos e ingenieros egipcios, herederos de aquel legado, se pusieron manos a la obra, a las órdenes del doctor Hawass, para devolverle su antiguo esplendor. Ahora retiran la arena, excavan y dan forma a la piedra bajo un sol que empieza a ser abrasador a las ocho de la mañana.

“Estamos trabajando en el exterior y haciendo pequeños trabajos en el interior”, cuenta el egiptólogo. “Es un esfuerzo añadido enmendar lo que se hizo mal y tratar de preservar los materiales originales”, recalca Hawass. “Ése es nuestro principal trabajo, preservar esta pirámide. Y por primera vez no recibimos fondos extranjeros. Éste es nuestro proyecto, tenemos la posibilidad y la capacidad de hacerlo: ponemos el dinero ¡y el equipo es cien por cien egipcio!”. El faraónico plan iniciado en 2007 se ha llevado ya más de 20 millones de dólares de las arcas egipcias, aunque el arqueólogo no considera importante la inversión en un proyecto que se alargará, “al menos, otros cinco años”. “El valor de la pirámide es incalculable”, afirma. “Lo que hacemos equivale en grandeza al traslado del templo de Abu Simbel. Y es más importante que un nuevo descubrimiento”, argumenta: “Ella es la primera”.

Mirándola de cerca no tiene la grandiosidad de la Gran Pirámide de Keops, ni la enigmática belleza de la pirámide roja de Dashur, pero ninguna de éstas habría sido posibles sin ella. Su hermosura reside tal vez en su robustez y sobriedad. “Fue construida totalmente en piedra, algo que no había ocurrido nunca antes en la historia”, apunta Samir Abdel Raouf, jefe de la excavación. Para él, Imhotep fue un genio, un visionario. “Dio un gran paso al decidir realizar todo en piedra. En todo el complejo se puede ver cómo imita los materiales orgánicos que se habían usado hasta el momento y los construye en caliza: las columnas, a semejanza del papiro; los techos, como troncos de árbol. Fue una revolución”, admite con admiración Raouf señalando aquí y allí sobre los planos del complejo. “La pirámide de Zoser es una demostración tangible del poder del rey, una promesa de perpetuidad, no exenta de misterio, por su valor simbólico, arqueológico y arquitectónico”, sentencia Hawass.

Ni siquiera hay que dejar volar la imaginación para retrotraerse cuatro milenios e imaginar al gran visir Imhotep supervisando los avances: primero, una gran mastaba; luego, otra, y otra más, así hasta seis. Sesenta metros de alto y sesenta y cuatro de lado. La maza golpea contra la caliza dando forma a cada pedazo de piedra. El mortero se vierte a espuertas. Los hombres arrastran los bloques a mano, gritándose algo de cuando en cuando y quemándose al sol.

El equipo empezó su trabajo por el lado oeste. “Primero tuvimos que identificar y corregir las debilidades de la estructura. En muchos lugares la piedra había colapsado y se había venido abajo”. Mientras habla, Mahmoud Shaaban, uno de los arqueólogos que supervisan el trabajo de los casi 200 hombres que participan en la restauración, señala una zona sobre la entrada sur en la que se ven algunos pedruscos que parecen sostenerse apenas, casi suspendidos en el aire. Cuenta que excavaron para localizar las piedras originales, después las limpiaron cuidadosamente y, como si de un puzle se tratara, están usándolas de nuevo para rellenar los huecos. No sin antes catalogarlas. “Cada una recibe un número de identificación único y su nueva posición es grabada en 3D”, indica Shaaban. Han vectorizado (escaneado) toda la superestructura de la pirámide. Un equipo japonés hizo la computarización de cada bloque y ahora saben cuál es más débil y más fuerte, algo “fundamental”, según el arqueólogo, para llevar a cabo una buena tarea y prevenir daños irreparables en el futuro.

“La erosión de la parte más baja de la superficie ha expuesto la pirámide a un riesgo muy alto de colapso”, asegura Francesco Bandari, director del Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO, que visitó personalmente los trabajos hace unos meses. Para el experto, lo que se está haciendo en la pirámide escalonada es “esencial para estabilizar la estructura [especialmente en la cara sur] y preservarla para las generaciones venideras”. Pero, ¿cómo evitar nuevos desprendimientos? Para unir los bloques, Imhotep utilizó limo y arena. Y, “tras un cuidadoso estudio”, detalla Shaaban, el equipo del doctor Hawass decidió que copiar la misma sustancia era la mejor solución.

“… Año 18 de Horus Netjerkhet, de las dos señoras Netjerkhet, del Horus de oro Zoser. El dolor me tenía sujeto en mi trono y la gente a mi alrededor estaba triste. Mi corazón me oprimía porque durante mi reinado hacía siete años que el Nilo no crecía a su debido tiempo. (…) No había suficiente comida. Los niños lloraban, los jóvenes desfallecían y los viejos se acurrucaban en el suelo con las piernas cruzadas. Entonces, para apartar la preocupación hice llamar al sumo sacerdote Imhotep. “¿Dónde nace el Nilo?”, le pregunté. “Qué divinidad vive allí, para que yo la acerque a mí”. “Imhotep respondió: ‘Hay una ciudad en medio del agua, rodeada por el Nilo, que se llama Elefantina y cuyo dios es Khunum’. (…) Se le apareció Khunum en sueños y le habló: ‘Yo haré crecer el Nilo para ti, el hambre acabará, los corazones de los egipcios rebosarán más que antes de alegría…”. La pirámide, más allá de lo arquitectónico, despertó una misteriosa atracción y los dos nombres asociados a ella, Zoser e Imhotep, evocaron admiración y respeto. Prueba de ello es que en época ptolemaica, 2.500 años tras su muerte, ambos fueron recordados en este texto de La Estela del hambre que habla de un rey preocupado por el sufrimiento de su pueblo y su consejero durante una hambruna que asolaba el país.

El sabio Imhotep fue arquitecto, filósofo, escultor, médico (los griegos le identificaron con Asclepio, el dios de la Medicina), tuvo los más altos cargos del Estado, tanto religiosos como administrativos, convirtiéndose en sumo sacerdote de Heliópolis y visir del faraón. Con el tiempo, los escribas le rendirían culto como su patrón, vertiendo unas gotas de agua de la paleta en su honor antes de escribir, y se le consideraría un semidios (hijo del dios Path).

Con un personaje así, el terreno estaba abonado para una superproducción hollywoodiense. Ya en 1932, Boris Karloff sembró el terror encarnando a la momia de Imhotep que vuelve de entre los muertos para recuperar a su amada en The mummy (Universal). Y setenta años después, Brendan Fraser tuvo que vérselas de nuevo con el embalsamado personaje en la película homónima –y secuela– después de haber profanado su tumba.

Se cree que la del verdadero Imhotep está en algún lugar de Saqqara aún por descubrir, por lo que no hay muertos que despertar en la pirámide escalonada, que nunca ha estado abierta al público. Adentrarse en ella ejerce el mismo inquietante efecto que si se acudiera al encuentro de la mismísima momia del arquitecto. Los tablones crujen bajo los pies y la puerta chirría. Hay columnas gigantescas y madera de cedro de Líbano. “En el interior, los trabajos de consolidación se han planeado tanto para prevenir colapsos de las estructuras originales como para mejorar las restauraciones de la antigüedad”, explica Shaaban mientras desciende hasta las entrañas de la pirámide. La cámara mortuoria del faraón Zoser está en un pozo vertical de unos 30 metros de profundidad. De ella parte un laberinto de siete kilómetros de túneles. A mediados de 2009, los restauradores consiguieron retirar una profunda capa de escombros que impedía acceder al lugar donde se encuentra el sarcófago del faraón y encontraron en la piedra las marcas que dejaron los constructores. “Fue más emocionante que encontrar una momia”, asegura el doctor Hawass. “Son las huellas de los hombres que levantaron la primera pirámide de Egipto”.

Los obreros no tienen la misma sensación de trascendencia. Pero levantan la joya de la arquitectura egipcia. Vuelven a poner piedra sobre piedra, como hicieron sus ancestros, bajo la supervisión de un nuevo Imhotep. “El doctor Hawass es la cumbre de esta pirámide”, dice Mahmoud. “Y nosotros sólo somos la base”.

Fuente de información: ELPAÍS

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